.(X Premio de Poesía
del Aula de Encuentros del Círculos de Bellas Artes de Madrid)
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La batalla de Ichi-no-tani
Habíamos ganado la batalla,
celebración y duelo, porque yo
el muy noble Kunami Naozane
perdiera al hijo único.
Me habían cercenado
ese brazo tendido hacia el futuro.
No cantaría más mi sangre en otra sangre,
ni en otro cuerpo ni en cuerpos sucesivos;
era sólo un arroyo desviado
hacia la arena estéril
de ningún tiempo.
¡Oh, su cabeza exangüe sobre mi pecho mientras
el pincel de la muerte dibujaba
en morado sus labios, y los labios
obscenos de la herida sobre tu tersa piel!
.
El duelo
Habíamos ganados la batalla.
Los Taira huían como fila de hormigas
desbaratadas por los repentinos
pies del azar. Íbamos
pisándoles la vida y los talones.
Llegamos a la costa.
En el atardecer, aquel guerrero,
de inmortal armadura y casco de oro,
que refulgía bajo el sol poniente;
de inconfundibles armas enemigas,
abandonando entonces su caballo,
se dispuso a embarcar hacia la salvación.
Nunca lo hiciera:
yo también desmonté y le di alcance,
y allí, sobre la playa,
tuvo que dar respuesta al desafío.
Desde aquel primer golpe de sables conocí
lo débil de la fuerza de su brazo,
después su inexperiencia y su fatiga.
Lo fui llevando lejos de la playa,
la rítmica esperanza de las olas.
No yo, sino la muerte le recortaba el aire.
Cuando pronto lo tuve jadeante, derribado en el polvo,
lo despojé del casco: era apenas un hombre.
Y recordé a mi hijo, su impaciencia
por recibir su sable y su armadura.
Por su imberbe mejilla aquella lágrima
por él pidió clemencia: no la tuve,
instado por los gritos de aquellos compañeros:
¡mátalo, mátalo! Es el Taira Atzumori.
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El monasterio
Los dedos del invierno se posan, silenciosos,
sobre los viejos pinos,
abolieron estanques, tejados y senderos
con su intacta blancura.
Perdura por su ausencia el canto de las aves.
Cuántos inviernos ya y cuánto queda
en mí de aquel Kuname Naozane
que renunció a la gloria de su estirpe y sus armas,
a vasallos y hacienda; en el monje que ahora
para dormir despliega su esterilla,
no sin recordar antes, como todas las noches,
los ojos de Atzumori.
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